Diversas son las teorías acerca del origen y significado del nombre de nuestra ciudad. Unos dicen que deriva del Ispal de los fenicios y de ahí al romano Híspalis. Otros que deriva del árabe Ixbiliya y, que de pronunciarlo de aquella forma, derivó a svil-iya que terminó en «Sevilla.»

Pero hay otra teoría más, que a mí me encanta, y es la que postula que deriva de Serva la Bari. Así sería como la habrían bautizado los gitanos que llegaron en el siglo XV y se asentaron en la cava del arrabal trianero. En calé significa Sevilla la Mejor, o la Bella. O la Más Bella.

Fuera como fuese, lo cierto es que el Río Grande es el origen real de nuestra ciudad. Y que a lo largo de todos estos siglos ha sido la causa de su crecimiento, de sus transformaciones, pero también de sus riadas y de sus epidemias. La puerta de entrada de sus invasiones. E igualmente, el camino de agua por donde nos visitaban embajadas de paz.

El 23 de noviembre de 1248, Fernando III, recuperó la ciudad más hermosa del Orbe para la cristiandad. Y, como siempre en la historia de la ciudad, el río tuvo un papel decisivo. A partir de ese momento el Wadi-al-Quevir empezó a llamarse Guadalquivir.

 

Sevilla, río, puente de barcas

 

A Fernando III le sucedió su hijo Alfonso X, al que llamaron el Sabio. Este proporcionó a Sevilla tiempos de esplendor, de cultura y de visión cosmopolita. Desde su puerto se exportaba a toda Europa y a las tierras de Ultramar, aceite, vinos, granos… Y se importaban especias, sal,… y, sobre todo, toneladas de oro y de plata.

Siguieron siglos de prosperidad, comercio, arte, arquitectura y pensamiento. Un largo periodo en el que Sevilla se convirtió en la capital más deseada, rica y próspera del mundo como atestigua la documentación recogida en el Archivo de Indias.

 

 

un río poderoso